Fecha: 18/02/2018
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La heroica historia de Roque Garay papá del cadete muerto en la Escuela de Policía

Justo a él, que se pasó la vida tratando de salvar las de otros, le anunciaron su propia muerte.
 
O la de su hijo menor, que es casi lo mismo. Y a manos de aquellos que él siempre había creído sus iguales.
 
“Yo me lamento de no haberlo convencido”, se reprocha hoy, con la voz derrumbada aunque amable con Clarín. “Yo le dije que el entrenamiento en la Policía era muy duro, que mejor se quedaba estudiando Historia como los hermanos”, agrega.
 
“Yo tenía miedo”.
 
Nunca antes en sus 55 años había sentido eso Roque Garay, uno de los suboficiales más condecorados por actos de valentía en la historia de la Policía de La Rioja. Pero, se sabe, un hijo en riesgo le hace conocer al corazón temores que se ignoran cuando se trata del cuerpo propio.
 
Y eso que Roque tiene el cuero bien duro. Nació en un pueblo de 150 habitantes que se llama Ñoqueves, en el departamento Rosario Vera Peñaloza, donde rara vez pasa algo más emocionante que la marcada de vacas o la llegada abrasadora del Zonda. Lo separan 220 kilómetros de la capital riojana, que Roque decidió salir a recorrer cuando tenía 20 años, con el sueño de conseguir en la ciudad un empleo que le diera un futuro mejor que aquel que auguraba su secundario incompleto.
 
Durante un tiempo encontró algo de eso en el Parque Industrial, en distintas fábricas algodoneras. Pero a los 25 años abrió el diario y se encontró con su verdadero destino impreso en una página: un aviso lo llamaba a ingresar a la Escuela de Suboficiales de la Policía.
 
Roque ya se había encontrado con el amor de su vida, Ilda Nicolasa Rivero, la futura madre de sus hijos e hija ella misma de un policía. No era su único uniforme cercano: tenía -y aún tiene- varios primos en la Fuerza.
 
“Siempre me gustó la idea de ser policía. Yo soñaba con hacer arrestos de gente mala”, recuerda Roque.
 
Seis meses estuvo en la Escuela hasta que se recibió y lo enviaron al primer y único destino que tendría en sus 25 años de carrera: la comisaría 2° de la ciudad de La Rioja.
 
“Nunca me movieron porque los jefes me querían, porque yo era bueno en mi trabajo. En 25 años no falté nunca”, se enorgullece Roque. “Si entrábamos a las 5.30, yo a las 5 ya estaba ahí. Uno se levanta a las 4, se baña, se lustra y se presenta rasurado y bien limpio. A las 6 te dan un patrullero y salís a patrullar durante 8 horas por 10 barrios”, agrega. “Uno tiene que dar, porque a uno lo preparan para servir a la comunidad, no para ser servido”.
 
La jurisdicción que le tocaba a Roque tiene dos barrios difíciles, conflictivos. Desde siempre tuvieron a muchos chicos en la calle, consumiendo droga o viendo cómo conseguirla. “Yo con los adictos me llevaba bien. Yo les decía: ‘Muchachos, por favor que no haya robos esta noche’. Les contaba que si había algún robo a mí me castigaban con un recargo de horas de trabajo, cuatro más al terminar mi turno. Mis compañeros los arrestaban directo, pero yo les hablaba de otra forma”, explica. “Ellos en realidad son personas adictas, son enfermos. Otros compañeros los corrían o los detenían directamente y siempre terminaban con algo roto, con con robos en esa guardia. Pero no hace falta la violencia”, apunta. “Yo siempre fui solidario. Si se enfermaba alguien de noche y no venía la ambulancia, yo lo llevaba en el patrullero al hospital. Si encontraba a un chico drogado tirado en la calle, a las 2 ó 3 de la mañana o la hora que fuera lo cargaba en el patrullero, lo llevaba a la casa, aplaudía en la puerta y esperaba a que la familia lo recibiera y lo revisara”.
 
Las rondas de Roque tenían, de tanto en tanto, sus picos de adrenalina. “Todos los que entramos a la Policía soñamos con salvar una vida. Es algo que se siente, el orgullo por dentro, una alegría, una satisfacción que brota de adentro por salvar una vida”, describe, como quien habla de hacer un gol en la Bombonera.
 
Y él sabe de eso, porque hizo cinco.
 
Los dos primeros fueron a las 11 de la mañana de un día cualquiera, hace quince años. Roque manejaba la patrulla cuando la radio avisó que a unas diez cuadras, en el barrio San Martín, había una casa en llamas. Aceleró, acompañado por el oficial que estaba a cargo del móvil, y llegaron primeros. Lo que encontraron fue un chalé que escupía fuego por la puerta y las ventanas, decenas de vecinos en la calle y un matrimonio que había salido por poco, pero había dejado a los hijos adentro.
 
-Oficial, tenemos que derribar la pared con el patrullero, propuso Roque.
 
Su jefe dudó.
 
-Se va a romper el patrullero…
 
Roque sabía que no había tiempo. Halló una piedra enorme y fue hasta una pared de la casa. Le dio y le dio hasta que abrió un boquete, por el que se metió junto al oficial. Adentro había dos nenes de siete y ocho años desmayados por el humo. Los sacaron antes de que ganaran las llamas. “En esos minutos se juega todo. Uno tiene que tomar decisiones y tiene que ser rápido”, recuerda.
 
Otra mañana, cerca de las 6, Roque y su compañero se encontraron con un cuerpo que colgaba de un árbol, en el barrio Yacampis. Era un joven de 18 años, que se había atado un alambre al cuello para matarse. Roque corrió hacia él, desesperado, mientras los vecinos le decían que lo dejara, que ya estaba muerto, que llevaba media hora ahí. No le importó: a los gritos le pidió ayuda al otro oficial, lo bajaron entre los dos y cuando lo tuvo en el piso le dio respiración boca a boca hasta que llegó una ambulancia. Fue su tercera vida salvada. Su tercer gol.
 
“A los tres días nos llamaron de Jefatura urgente. Pensamos que era para una sanción. Pero era para darnos un reconocimiento por haber salvado al chico”, se emociona.
 
No tan atrás en el tiempo, a Roque le tocó salir a patrullar de noche la ruta hacia San Juan, ida y vuelta una y otra vez en busca de ganado suelto que pudiera convertirse en trampa mortal. Era de madrugada y en pleno regreso un auto pasó a toda velocidad junto a su patrullero, a la altura de Talamuyana, cruzó un puente y se estrelló contra un grupo de 50 cabras que justo invadía el camino. Al choque le siguió un trompo y un incendio, en el que el coche casi se convirtió en ataúd para el matrimonio que lo ocupaba. Sin embargo, allí estaba Roque para sacarlos por las ventanillas, primero a la mujer y luego al marido. Eran de Santa Cruz, iban a Salta y gracias a él pudieron seguir viaje en micro días después.
 
“El sueño de todo policía es servir y salvar vidas”, insiste Roque.
 
Su primer hijo, Roque, estudió Historia. El segundo, Franco, entró al Ejército. El siguiente, Adrián, se hizo profesor como el mayor. Y el menor de los cuatro hizo lo mismo cuando tuvo que elegir su futuro, en 2016.
 
Emanuel, se llamaba.
 
Pero la tragedia los esperaba. En aquel 2016, mamá Ilda empezó a padecer horribles dolores en la espalda. No hubo médico que le diera una explicación, hasta que cayó postrada. Pasaría ocho meses así, pero recién en el sexto le descubrieron el angiosarcoma.
 
Cáncer escondido en los huesos.
 
La llevaron a Córdoba y atrás fue Emanuel, que no se podía despegar de ella, que le hacía los únicos masajes que la aliviaban en algo,de día y de noche. Pero nada detendría a la muerte, que llegó en octubre de 2016.
 
“Con mi esposa vivimos 30 años. Nunca hemos tenido peleas ni nada, siempre unidos, siempre juntos a todos lados. Cuando falleció me sentía tan solo que decidí retirarme, con 25 años de servicio”, se quiebra Roque.
 
Al duelo y a la baja le siguieron, a fines de 2017, una charla padre-hijo. Emanuel quería decirle a Roque que iba a abandonar el profesorado de Historia para entrar como cadete a la Escuela de Oficiales de la Policía. El mismo predio al que él había ingresado 25 años antes.
 
“Yo le dije: ‘Quedate ahí, estudiá Historia, vas a estar cómodo, vas a estar tranquilo con aire acondicionado, en un aula… En la Policía se trabaja de lunes a lunes’. Me lamento de no haberlo convencido”, dice Roque. “Es que él se crió entre policías, siempre venía a la comisaría…”.
 
Roque se resignó a que su hijo de 18 años se sumara a sus cuatro primos, todos ellos comisarios. Lo acompañó a la Escuela y se lo presentó a dos comisarios que estaban a cargo de la instrucción, los hermanos Jorge y Ramón Leguiza, que habían sido sus compañeros. Averiguó y supo que el director del instituto era Dardo Gordillo, quien durante años había sido su jefe en la comisaría 2°. Y se tranquilizó.
 
En la noche del 5 de febrero a Roque lo llamaron para decirle que su hijo había terminado descompuesto su primer día de instrucción en la Escuela de Policía.
 
Y el miedo encontró su razón.
 
Roque corrió al hospital y se encontró con uno de los Leguiza, que le pidió perdón.
 
Él tenía en la cabeza la imagen de su hijo aquella mañana, despertándose a las 5, feliz de empezar a vivir su sueño. Lo había ayudado a vestirse y le había recordado: “Si no das más tirate al suelo, decí que te acalambraste”.
 
Emanuel estaba en coma. “Se habrá olvidado de lo que le dije”, evalúa hoy Roque. A Leguiza le advirtió que le iban a pagar el daño que le habían hecho a su hijo.
 
El daño se hizo muerte al quinto día. Emanuel no pudo superar la cruel deshidratación a la que lo sometieron.
 
“Dejé la vida de mi hijo en mis compañeros. Nunca pensé que me lo mataran”, se apena. Sabe que la Justicia riojana es particularmente lenta y ruega: “No me abandonen”.